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Feliz Día Abuelo!!!!

Ya pasó el día del padre, todavía no llega tu santo, y no existe en nuestro extenso calendario de feriados “el día del abuelo”. O sea que te puedo regalar esto cualquier día del año. Que sea hoy.

Felíz día abuelito!!!

Amanda

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Para mi tío Víctor mi madre era la Chucita, diminutivo cariñoso de Chuza, mujer de ojos pequeños, en Arequipa. Chucita alcánzame eso, Chucita dame esto otro, eran las expresiones hogareñas que recuerdo de mi más lejana infancia, cuando vivíamos en la calle Huañamarca con el tío a quien entonces, mi hermana Betty y yo, le decíamos papá Víctor. Esto era antes de que se casara, porque después, cuando se fue de la casa, tuvimos que aprender a decirle tío, siguiendo las instrucciones de mi madre a pedido o exigencia de la esposa, la nueva tía Elsa, a quien, es fácil suponer, no le gustaba lucir un marido reciente con hijos. Algunas veces, cuando quería fastidiarla cambiaba Chucita por Chascosa, aludiendo a su pelo abundante, esponjoso y despeinado, usando una expresión también arequipeña (en el diccionario figura “chascón”, “chascona” como adjetivos de uso familiar en Bolivia y Chile con el significado de enredado, enmarañado, greñudo).

La Chucita en ese tiempo no estaba mucho en casa porque se iba temprano al Instituto Arévalo, donde enseñaba, y volvía por la tarde. No estoy seguro si venía a almorzar, quizás sí porque el Instituto quedaba relativamente cerca. Yo recuerdo haberla esperado algunas veces sentado en la patilla de la puerta de calle. Era la única profesora mujer en medio de unos doce o quince señores. Una foto del cuerpo docente, montada en cartón y con el sello de la “Fotografía Vargas hermanos”, nos acompañó un buen tiempo. Ojalá la conserve alguna de mis hermanas. Mi madre sentada al lado del rubicundo director Arévalo y algunos profesores sentados y otros de pie en segunda fila. Uno de estos era don Juan Manuel Polar, un personaje que debió ser muy importante pues mi madre nos lo mostraba con respeto y admiración. Ella tenía a su cargo la enseñanza de los más pequeños.

Por esta época fue que el tío Víctor, poco antes de su matrimonio, creo que por mi cumpleaños, me dio una sorpresa. Me llevó delante de un gran bulto y me pidió retirar el papel que lo cubría: ¡OH maravilla! Un auto rojo con llantas blancas que se podía conducir a pedales y que conduje inmediatamente vibrando con él, dentro de él, en el patio empedrado de la casa. Mi alegría era, además, porque ya podía competir con el Pepe Chávez Quiroz, quien vivía al frente, pero que, sin embargo, no dejó de alardear porque el suyo era más grande y de color azul.

Supongo que fue un poco antes que aprendí a leer y a escribir. No tengo conciencia muy clara del momento de ese proceso, pero sí de que mi madre nos enseñó, a Betty y a mí, prescindiendo del aprendizaje de la cartilla y del deletreo de sílabas (m, a, ma, m, a, ma, mama), método obligado en ese entonces. Aprendimos a reconocer directamente palabras, sencillas al comienzo, y a escribirlas. Entiendo que es así que se enseña ahora. Mi madre fue, creo, innovadora en ese campo, ignoro de donde aprendió esa forma de enseñar o si fue a ella que se le ocurrió. Lo que me permitió alardea entonces a mí, pues yo leía ya, mientras el Pepe Chávez Quiroz pataleaba con la cartilla, con los palotes y con el deletreo. Cuando después fui al colegio, al contrario de los compañeros que allí encontré, sabía leer y escribir correctamente, aunque no podía recitar de memoria el alfabeto, y aún hoy tengo que hacer un cierto esfuerzo cuando en el geniograma, por ejemplo, hay que llenar los “flancos de tal o cual letra ”.

Pero el Instituto Arévalo cerró, dejó de funcionar, supongo que por problemas económicos, y mi madre quedó sin trabajo. No por mucho tiempo, sin embargo, pues pronto entró a trabajar en La Singer cuyo local quedaba en el Portal de Flores de la Plaza de Armas. Allí tenía que vender máquinas de coser y enseñar su uso a las compradoras, tanto en la costura como en el bordado. El problema era que no sabía ni coser ni bordar a máquina, condición para el cargo, pero para poder ser contratada mintió cuando postuló. Y la solución fue aprender por las noches lo que tenía que enseñar al día siguiente. Era un trabajo sacrificado, sin duda, aliviado en parte porque existía una secuencia de clases establecidas en una especie de manual. Fue al principio muy duro pero vencido el primer ciclo se convirtió pronto en un placer: bordando y enseñando creo que mi madre gozaba.

El nuevo trabajo de la Chucita y la independización del tío Víctor fueron determinantes para dejar la casa de Huañamarca y para irnos a vivir en la enorme casa de la tía Augusta situada en la esquina de las calles Ejercicios con Consuelo, a una cuadra de la Plaza de Armas. Ella, que habitaba la sección principal con ventanas hacia la calle Consuelo, estaba enferma, caminaba con dificultad, y era asistida por dos solteronas, cada una más beata que la otra: la Manuela que vestía el hábito de la Merced y la Mariquita que llevaba el de los franciscanos, compitiendo entre ellas para organizar el rezo diario de El Rosario. En la esquina la gran bodega estaba a cargo del Gordo Macera, hombre de genio variable nos regalaba caramelos cuando estaba con las buenas y nos espantaba ceñudo cuando lo dominaban las malas. Hacia la calle Ejercicios había un gran departamento que se alquilaba, como otro en segundo piso sobre los aposentos de la Tía Augusta. Nosotros fuimos ubicados en el segundo patio, en un cuarto al que se accedía pasando por el comedor, bello recinto con la cara al patio totalmente acristalada con vidrios de colores y en donde anualmente se armaba un inmenso nacimiento.

Para entonces ya estábamos en el colegio. Pero aprendíamos también en la casa. La Chucita era aficionada a la poesía y a la lectura. Y supongo que, sin decirlo, se planteó la tarea de contagiarnos. Con frecuencia recitaba en voz alta y copiaba en un cuaderno los poemas que le gustaban más. Amado Nervo, Rubén Darío, Rabrindanath Tagore, Juana de Ibarbourou, Alonsina Storni eran sus preferidos. Memoricé algunos de esos poemas de tanto escucharlos, como el “Garrick “ o “Lo fatal” que algunos de mis hijos me han oído repetir, aunque de manera incompleta. Algún tiempo después ya en Lima, cuando el Tío Víctor me enseñó la caligrafía Palmer llené también un cuaderno grueso copiando poemas.

La Singer pagaba los sábados a la manera inglesa. Ese día mi madre aparecía con dos revistas “Para Ti”,especial para mujeres, y “Billikin” para niños, excelentes publicaciones argentinas. Esta última era dirigida por Constancio C. Vigil , renombrado educador porteño. Después, cuando estuvimos en Lima, agregó otra revista “Leoplán” una voluminosa publicación que en cada número traía una novela completa. En ella yo leí “Los tres mosqueteros”, “20 años después “ y “El Vizconde Bragelone” famosa serie de Dumas, así como “El jorobado de Notre Dame”. También de Mark Twain “El príncipe y el mendigo” y “Las aventuras de Tom Sawyer”. Y seguramente algo de Sabatini o de Salgari: ¿Sandokan?.

No estoy seguro si por esta época o antes, en Arequipa, mi madre me propuso, en una suerte de cuento, un ingenioso ejercicio destinado a comprender la importancia de la puntuación en un texto, ejercicio que he enseñado a algunas de mis hijas de la primera serie, pero creo que no a los otros hijos ni a ningún nieto o nieta. Para terminar estos recuerdos de la Chucita, en su faceta de maestra, incluyo el cuento en cuestión, sin consignar por ahora la respuesta.

Juan Carlos, estudiante de letras en la Universidad de San Agustín fue contratado para dar clases de lengua y literatura a tres agraciadas hermanas: Soledad, Julia e Irene. Tres o cuatro meses de visitas interdiarias del apuesto y brillante estudiante significaron, además de un notable progreso en los estudios de las hermanas, una fuerte rivalidad entre ellas porque las tres se enamoraron de su joven maestro, quien, por otro lado, ni tonto ni perezoso, aprovechaba la situación para coquetear con las tres juntas y con cada una por separado, pero en todo caso sin pasar a mayores compromisos. La cercanía del fin del curso y el probable viaje becado del ya graduado bachiller hicieron reflexionar a las hermanas que decidieron deponer sus rivalidades y, juntas, demandar a Juan Carlos una definición de su preferencia. Este no tuvo más remedio que acceder, pero pidió hacerlo por escrito. En efecto a los pocos días las tres hermanas recibieron un texto, el mismo texto, al que cada una debía rescribir correctamente y ponerle los signos de puntuación pues carecía por completo de ellos. Decía así:

tres bellas que bellas son

me han exigido las tres

que diga cual de ellas es

la que ama mi corazón

si obedecer es razón

digo que amo a Soledad

no a Julia cuya bondad

persona humana no tiene

no aspira mi amor a Irene

que no es poca su beldad

Cada hermana, feliz, se atribuyó la preferencia a tenor de su correspondiente texto corregido, y envió su respuesta a Juan Carlos. A vuelta de correo este replicó con una cuarta versión que contradecía a las tres, declinando interesarse por ninguna. Acompañó una gentil nota de despedida y se fue de viaje. Soledad, Julia e Irene lloraron un tiempo desconsoladamente.

La tarea consiste en hacer las cuatro versiones de puntuación que significan otras tantas opciones. Se espera respuestas.

El fenómeno contemporáneo de la globalización nos trae manifestaciones cada vez más sorprendentes. La aldea, que hoy es el mundo, no sólo nos permite ver el partido de fútbol que se realiza en este momento en la antípoda de nuestra localidad, sino que se ha extendido ya al ámbito institucional.

Hace poco escuché a un experto en el tema, citar como un ejemplo de esto, el caso del chileno que, estando de visita en Londres, fue procesado judicialmente por un magistrado de España. Pero eso resulta historia antigua frente a un caso reciente que nos concierne a los peruanos. Como sabemos, al presidente García, en los escasos meses de su segundo gobierno, con el dinamismo que lo caracteriza, ha puesto en marcha diversas medidas que denomina “shocks”.

Así tenemos el shock de inversiones, el shock de sierra exportadora, el shock agua para todos, y otros que no recuerdo. Entre las medidas destinadas a la reforma del Estado (sería más modesto y realista decir “reforma del poder ejecutivo”, pero pídanle modestia a Alan, imposible) se lanzó y ya se ha comenzado a poner en práctica el shock de fusiones de OPD, Organismos Públicos Descentralizados, tanto por simplificación administrativa como para evitar duplicación de funciones y por tanto de gastos operativos y de planilla. Cerca de 70 entidades van quedar reducidas a algo más de veinte.

Es fácil deducir la simplificación en los trámites que esto significa y el ahorro que va a reportar al país. Y, lo que no es menos meritorio: la cantidad de siglas que van a desaparecer. En el futuro, pues, las entidades que hagan lo mismo van a tener que integrarse. Y así como van las cosas no sería rara la fusión del aprismo con el fujimorismo, por ejemplo. En el presente, por lo pronto, la idea de nuestro presidente ya alcanzó vigencia global.

En efecto, este shock de fusiones ha trascendido de forma inusitada, para orgullo nacional (perdón, se me salen desviaciones localistas, a causa de la edad supongo). Recientemente ha llegado hasta al Vaticano. Sí señor. Lo dicho, hasta El Vaticano. Y, por su intermedio, más allá aún. El diario “El Comercio” de anteayer, 21 de abril, da la noticia, extrañamente en la última página y a una columna, cuando merecía la primera y a todo lo ancho, tanto por la importancia del asunto (pues no solo compromete cosas de este mundo sino también del otro), como por su inspiración peruana (otra vez mi miopía de parroquia).

La extraordinaria noticia es que El Vaticano ha decidido abolir el limbo. Nada menos. ¡Con sus siglos de existencia ¡ Los niños no bautizados que antes iban a esta dependencia del otro mundo, irán ahora y en el futuro, directamente al cielo. En otras palabras, el cielo asume las funciones del limbo, y éste resulta oficialmente absorbido. La absorción de una entidad por otra, olvidé precisarlo antes, se puede producir entre nosotros, como alternativa a la fusión, tal como ha sucedido con el C.N.D. que ha desaparecido, junto con su sigla , al haber sido subsumido en la P.C.M.* Igual va a pasar con el limbo, solo que el limbo no tiene sigla.

El tema fue motivo de preocupación en mi familia, y fue el comentario obligado en la reunión de ayer domingo. No faltó quien viera en la decisión del Vaticano, simplemente un gesto necesario de simplificación administrativa en los tratos de este mundo con el otro. Es lo que ha dado pie a lo que digo más arriba. Mi nieta, la periodista preferida, fue más allá, al preguntarse en qué injusta situación quedaban los numerosos niños que ya estaban en el limbo. Hoy leo que el intelectual español Savater declara una preocupación semejante.

Pero mientras éste se contenta con una salida irónica, ella se preocupó verdaderamente y, más racional que el filósofo, se respondió que, puesto que no es lógico dar a la disposición del Vaticano carácter retroactivo, una solución más realista es declarar una amnistía. Yo estoy enteramente de acuerdo. Pero cuanto antes. No sea que el más allá y el más acá se expongan a un motín, contagiados de las cárceles peruanas gracias a la globalización, o a una gigantesca manifestación ante las puertas del Paraíso, de los millones y millones de niños no bautizados, bajo el lema ¡¡ Inclusión o muerte!!! (expresión contradictoria en boca de los muertitos) o quizás mejor ¡¡Admisión sin condición ¡!…¡Excluidos unidos, jamás serán vencidos!!

El Vaticano debe actuar ya. Adelantarse como Del Castillo. Antes de que sea tarde.



* C.N.D. Consejo Nacional de Descentralización.

P.C.M. Presidencia del Consejo de Ministros.

La U. C.

Los artículos que vienen apareciendo por los 90 años de la Universidad Católica me han incitado a rendir mi propio homenaje. Me siento inclinado a ello con más derecho que el autor del “tartufiano texto” (el calificativo no es mío pero lo suscribo) publicado con la firma del cardenal Cipriani. Suscribo también el estupendo artículo de Jorge Bruce titulado “no se metan con mamá”, en alusión a su alma matter, que, en cierto modo, es también la mía, a pesar de que la auténtica mía es la Escuela de Ingenieros, hoy la UNI. Hay que explicarlo.

En sentido estricto yo no soy egresado de la Universidad Católica, pero sí me considero “egresado informal” de esa institución. Porque fui una especie de alumno de la U. C. (Ucé, así se decía entonces y no el impronunciable PUCP de hoy). Una especie de alumno parauniversitario, universitario informal o indirecto y, además, precoz. Me explico.


En 1936 cursé el quinto año de primaria en el Centro Escolar Nº 416, cuyo local de la Avenida Bolivia 532, Breña, a ciento cincuenta metros de mi casa, fue heredado del Colegio de La Salle, mudado el año anterior a su nuevo edificio de la Avenida Arica, y en el que hice el tercero y cuarto años. La Salle se fue pero yo me quedé en el local por la sencilla razón de que siendo la enseñanza gratuita, por ser el nuevo inquilino una escuela pública, iba a estar, además, a cargo de los mismos Hermanos de la Escuelas Cristianas que conducían La Salle, cuyas pensiones crecientes, en cambio, hubieran significado un sacrificio muy difícil de seguir cumpliendo por mi madre.

El Centro Escolar Nº 416 nació adscrito a la Escuela de Pedagogía de la Universidad Católica, formadora de maestros, que ocupaba el mismo local y que estaba conducida precisamente por los Hermanos de las Escuela Cristianas, de ahí que nuestro centro escolar resultara gobernado por la misma institución, pues cumplía una importante función complementaria: era el laboratorio, el campo de práctica de los futuros docentes. Y nosotros los alumnos del C. E. los conejillos de indias.

Si bien teníamos un profesor permanente, el hermano Félix Gadea, quien cumplía con el currículo oficial de ese quinto año, recibíamos con frecuencia clases de práctica dictadas por los alumnos universitarios, algunas de las cuales, a manera de exámenes, eran seguidas con atención por adustos catedráticos, desde la última fila del salón y, posteriormente, criticadas y calificadas. De esta última parte no participábamos nosotros los “primariosos”, pero yo lo sabía por las circunstancias especiales en que me encontraba, como narro a continuación.


La Escuela de Pedagogía contaba con alumnos procedentes de diversas ciudades del país y durante su formación, tres años me parece, se alojaban en casa de parientes o en pensiones cercanas. Algunos de ellos fueron a parar a la pensión que conducía mi madre, en la que también vivíamos nosotros, y que, como dije antes, quedaba muy cerca, en la primera cuadra de la Avenida Floral. Varios nombres de esos pensionistas universitarios vienen a mi memoria: Matuck, Guillén y Trelles de Arequipa; Manrique y Velasco del Cusco (estos dos estudiaban medicina en San Fernando); Alponte, de Huancayo. Pero fueron los amazonenses Miguel Tejada, Glorioso Zumaeta (sí, así se llamaba) y César Mori con quienes tuve mayor amistad.

Ellos compartieron durante tres años (menos los períodos de vacaciones en que viajaban a su tierra) una de las habitaciones con ventana a la calle, donde asistí a sus preocupaciones sobre los estudios, a sus añoranzas sobre su tierra (Chachapoyas, Leimebamba y el río Utcubamba se me hicieron allí conocidos, sólo de oídas hasta ahora, pues desde entonces me hago el propósito de conocer) y a sus tertulias sobre cualquier tema de la vida diaria, entre los que no faltaban las aventuras amorosas de cada cual.

No olvido por ejemplo las escapadas vespertinas de Miguel Tejada en busca de “la Pariacoto”, una muchacha cuyo nombre nunca nos reveló por lo que la llamábamos por el nombre de la calle en la que vivía, según alguien averiguó. Tampoco olvido, por supuesto las tomaduras de pelo por mis primeros enamoramientos de alguna vecina que veía pasar desde el balcón, o de alguna niña pensionista.

Realmente, los tres alumnos universitarios amazonenses me adoptaron, con el sobrenombre de “Monanfán” (del francés “mon enfant” idioma que se estudiaba en la Pedagógica de la Católica), como una especie de hermano menor (me llevaban unos ocho o diez años). Como tal, no solo me ayudaron con sus consejos en los difíciles momentos de la adolescencia, en reemplazo del padre que perdí muy temprano y de mi madre, incapaz de abordar temas para ella vedados por los prejuicios de entonces, sino que también, a veces, como hermano menor me explotaron amablemente, y me hicieron trabajar en la modalidad del “service” actual.

En efecto, las clases prácticas que debían dictar requerían de ayudas visuales y en la época en que no había “power point” ni diapositivas, era usual recurrir a grandes láminas que, para algunos temas, existían impresas. Supongo yo que el entrenamiento docente se ponía en el caso de carencia de estas láminas en las ciudades del interior, por lo que exigía que los futuros docentes fueran capaces de suplirlas y así la clase práctica comprendía la elaboración previa de la lámina o las láminas necesarias para su exposición.

Yo era ya aficionado al dibujo (fueron un éxito en la pensión, mis retratos al carbón de Carlos Gardel, muerto trágicamente, y de Lolo Fernández, héroe de las Olimpiadas de Berlín) y resulté encargado de hacer las láminas de mis tres amigos, de las que recuerdo especialmente la del aparato circulatorio. Alguna propina me cayó entonces, pero para otros pedidos posteriores mis amigos me ayudaron a conseguir clientes y establecer la tarifa. El negocio, sin embargo, no se extendió demasiado porque era riesgoso. No fuese que reconocieran mi estilo.

Mi relación con la U. C. no se limitó al quinto de primaria. La Escuela de Pedagogía implementó sucesivamente el primero, segundo y tercero de secundaria, que yo seguí en las mismas condiciones de gratuidad, de administración de los hermanos y de campo de prácticas docentes para los universitarios, ya no del nivel de educación primaria de la pedagógica, sino de otras áreas correspondientes a la secundaria. El profesor responsable del primero de media fue el hermano Tomás, natural de Pamplona.

Franquista a muerte, cada mañana nos hacía seguir la guerra civil española, que se libraba entonces, con alfileres como astas de banderitas de colores que, según los desplazamientos de las fuerzas rivales, ubicábamos sobre el mapa de España que yo dibujé a su pedido. Y, por supuesto, había que cantar “Cara al Sol”, el himno de la falange. A parte de esta formación fascista, de la que me sacudí al poco tiempo, Tomás fue un excelente profesor de historia universal, de castellano y de francés. El segundo de secundaria estuvo a cargo del hermano Gilberto, ecuatoriano, quien nos dejó entrever que el ángulo de vista franquista no era el único y cuyas enseñanzas, quizás por normalmente correctas, no me han dejado una huella especial.

El tercer año en cambio fue diferente a los precedentes. El profesor titular, hermano Buenaventura, francés recién llegado, no hablaba el español, nos enseñaba francés y cada vez que reemplazaba a los profesores que faltaban nos enseñaba…francés. Así que todos los otros cursos estuvieron a cargo de alumnos universitarios de letras o ciencias, algunos de los cuales también los habíamos tenido en primero y segundo.

Entre los que recuerdo están Luis Ínjoque, profesor de matemáticas, excelente, nos hizo tomar verdadero interés por esta materia; los mellizos Belaunde (o Bustamante, no recuerdo bien), profesores de Historia del Perú, idénticos, e igualmente brillantes, se reemplazaban mutuamente sin que pudiéramos diferenciarlos; y Luis (o José, no lo recuerdo) Jiménez, profesor de historia universal. Era enteradísimo en la Edad Media y muy ameno en sus exposiciones, pero cuya limitación física nos hacía sufrir cuando a su cojera se sumaba, a veces, un cierto espasmo en una de las manos.

Aquel tercer año de media tuvo además un significado adicional para el pequeño grupo de quince estudiantes, que éramos entonces. Como gozábamos de algunas horas libres de clase, durante las que, sin embargo, debíamos permanecer en el aula, encontramos para llenarlas una ocupación singular: leer los periódicos y muy especialmente, en voz alta, el semanario político-humorístico “Buen Humor”.

Ese año fue muy movido políticamente: hubo un plebiscito primero y luego, el dictador Benavides convocó a elecciones en las que presentaron su candidatura Manuel Prado y José Quesada (Pepe Quesuda, apoyado por El Moquercio, según Buen Humor). Ganó con trampa, se dijo, Manuel Prado, a quien por entonces alguien llamó “el Stalin peruano”. Nosotros, que habíamos seguido el proceso político, gozábamos leyendo después la parodia de las sesiones celebradas en las cámaras legislativas, que se publicaban en el citado periódico humorístico. Los nombres de Osores y de Arca Parró me dan vuelta en la memoria … aunque he olvidado los sobrenombres.

Pero fue el patio de la Escuela de Pedagogía de la Universidad Católica el espacio de encuentro, durante estos tres años, donde coincidíamos los universitarios que se preparaban para maestros y nosotros los “parauniversitarios” que cursábamos la primaria y la secundaria. Coincidíamos en los recreos, bajo la mirada vigilante del bondadoso Hermano Herberto María, director de la Escuela en los primeros tiempos y luego del carismático hermano Anselmo María, director de la segunda época, quienes, apoyados en la baranda del corredor del segundo piso, contemplaban nuestros juegos o nuestro deambular relajado de la hora de descanso o presidían desde ahí las ceremonias y las formaciones de las mañanas.

En ese amplio patio estaban habilitadas dos canchas de básquet, la más grande de las cuales era escenario de competencias internas. Fue el único deporte que practiqué, y sólo hasta ese tercer año. Los sábados y, en general los días que no teníamos clases, un grupo de compañeros entrenábamos con el permiso de los hermanos que no ponían ningún inconveniente. Pero que, en retribución, nos obligaban a cumplir con algunas tareas, la más importante de las cuales era la de compaginar los textos en los que estudiaban los futuros maestros.

En una de la aulas más grandes se distribuían las rumas de páginas 1 en la primera carpeta, de la 2 en la segunda, de la 3 en la tercera y así sucesivamente. (A falta de fotocopiadora las reproducciones eran hechas entonces en una suerte de mimeógrafo antediluviano que producía textos en letras de color azul). El trabajo consistía pues, en recorrer toda el aula recogiendo en orden las páginas numeradas que iban así a conformar los citados textos debidamente compaginados. Recuerdo dos títulos que compaginé más de una vez: “Metodología de la enseñanza” era uno y “Psicología del niño y del adolescente” el otro.

En algún momento pretendí adentrarme en los contenidos, pero no tuve la constancia necesaria, a pesar de la colaboración de mis amigos-hermanos pensionistas. Creo sin embargo, que allí comenzó mi inclinación por la enseñanza si ella no fue heredada de mi madre, quien inicialmente fue maestra en Arequipa.

Tres años después, cuando en 1941 ingresé a la Escuela de Ingenieros, formé con dos compañeros una academia de preparación para el ingreso, como modo de solventar mis estudios superiores. A falta de local solicité a los hermanos de la Escuela de Pedagogía el uso de una aula, a lo que generosamente accedieron sin cobrarme un centavo, situación que usufructué durante un año. Lo que me permite considerarme, además de exalumno, docente clandestino de Geometría y de Trigonometría, en un local de la Católica.

Hacia fines de los años 40 retomé mi vinculación con la U. C. a través de mis amigos de la Agrupación Espacio: Szyszlo, Piqueras, Bresciani y del profesor Adolfo Winternitz de cuya amistad gocé en los años 50, cuando coincidimos enseñando en la UNI.

Pero mi relación más reciente (y más fuerte porque golpeó despiadadamente mi bolsillo a pesar de las medias becas) fue la establecida con la satisfactoria formación de tres de mis hijos: Paula, lingüista, doctorada luego en la Sorbona; Alejandro, actor, con maestría también en la Sorbona, y Luciana, socióloga con estudios actuales de maestría en Argentina. Además, cuatro de mis nietos se han formado también ahí.

En estos días de homenaje a la Católica, viene reiteradamente a mi memoria una canción que, aprendida en ese lejano quinto de primaria, entonábamos en la barra con la que acompañábamos las competencias deportivas ínter universitarias y que, usando la música de una conocida marcha, de alguna ópera creo, decía más o menos así, si la memoria no me engaña:

Aquí está la valiente muchachada de la U C, de la U C

Que viene al campo plena de entusiasmo, para ganar, para ganar. Vamos, vamos, vamos a triunfar, Universidad Católica,

Por la U C, por la U C, ¡hipip hurrá!

Cuídense los callos que los vamos a pisar.

Nota final. Mi homenaje a la Católica por sus 90 años incluye a los amigos, egresados y docentes de esa casa, que he tenido y tengo la suerte de frecuentar; recoge mi gratitud por la formación dada a mis hijos; y se fundamenta pues, como lo he demostrado, en una larga relación iniciada en mi lejano quinto año de primaria. Y en esto creo que le gano hasta a Luis Jaime Cisneros. Que es mucho decir.